Juan Pablo II.
Hace un año que nos dejó Juan Pablo II. He rescatado del baúl de los recuerdos unas primeras impresiones que me envío en su día un amigo que vivió esos días en Roma. Son un poco largas, pero tiene la frescura de la inmediatez. Pretenden ser un pequeño tributo al papa polaco.
Tras conocerse la enfermedad de Juan Pablo II, la reacción de todas las instituciones en Italia fue increíble. La RAI interrumpió los anuncios y su programación era de manera continuada en torno al Papa y su salud; Casini -el Presidente del Senado- anunció que se anulaba la sesión y que a las doce los senadores rezarían un rosario en una capilla cercana por el Santo Padre; la campaña electoral -se celebraban elecciones regionales el domingo- también se suspendió. A lo largo del sábado también se aplazarían las competiciones deportivas a todos los niveles. La ciudad vive en torno a la Plaza de San Pedro y comienza a verse gente que se reúne para rezar por el Papa (algunos jóvenes pasaron ya la noche del jueves al viernes en vela debajo de su apartamento). En el comunicado de prensa del Vaticano del viernes por la tarde anuncian que Juan Pablo II sigue empeorando. A las siete se celebró en San Juan de Letrán una Misa. Presidió Ruini. Asistieron representantes de todos los partidos políticos. Tras cenar me fui con otros a San Pedro, sin saber muy bien lo que nos encontraríamos allí. La primera sorpresa viene al ver que en el Castello Sant’Angelo hay un dispositivo de periodistas alucinante (la prensa italiana, y me parece que la de todo el mundo, ha informado con un cariño y un respeto muy grande). Ya en la Plaza, nos encontramos unas 50.000 personas, rezando, mirando hacia el apartamento del Papa, en un silencio que ponía los pelos de punta: el único ruido que se oía era el del agua de las fuentes y, si a alguno le sonaba el móvil, hablaba poco y en voz baja. A eso de las nueve, aparecieron un grupo de personas en la escalinata delante de la entrada a la Basílica -un poco más abajo y a la izquierda de donde suele estar el altar en las ceremonias de la Plaza-. Un obispo dijo unas palabras preciosas, refiriéndose a que cuando el padre muere, los hijos se reúnen en torno a su lecho para acompañarle con su cariño, y que eso era lo que íbamos a hacer con el rezo del rosario. Fue algo increíble: mucha gente sacaba su rosario -había cantidad de jóvenes y gente de la calle normal- y todo el mundo se puso a rezar. Luego supimos que Juan Pablo II estaba consciente y sabía lo que pasaba abajo. Por lo visto, dijo unas palabras cariñosas referidas a los jóvenes (más o menos: os he buscado y ahora vosotros venís a acompañarme). Cuando terminó el rosario nadie se movió. Seguía el silencio, roto solamente por un grupo de neocatecumenales que comenzaron a cantar canciones, a mi parecer bastante ad-hoc al momento. Por los micrófonos, a eso de las diez o diez y media, animaron a que se continuara rezando en silencio y dijeron que a las doce habría otro rosario. Se acabaron los cantos. Nosotros nos fuimos a casa. Al día siguiente, sábado, las noticias era que el Papa que continuaba empeorando: algún cardenal declaró que el Papa “se apagaba serenamente”. Después de cenar, volví con otros a la Pza. Llegamos a eso de las 21,30, cuando se rezaba el 5º misterio. Letanías cantadas en latín. 100.000 personas. Poco antes de terminar, se apagaron las luces de varias ventanas cercanas a la habitación del Papa. El eclesiástico que dirigía el rezo dijo que a las doce habría otro rosario y al día siguiente Misa en la Pza. a las 10,30. La luz de la habitación del Papa se encendió en ese momento. La impresión era de que aquí pasa algo… Efectivamente, alguien vuelve a hablar por el micrófono y tras decir que continuamos pidiéndole a la Virgen por el Santo Padre, se pone a rezar Avemarías. Cuando acabó el primer misterio del rosario apareció Sandri, el representante del Santo Padre -el mismo que leyó su mensaje en la audiencia a los del UNIV- y dice que a las 21,37 el Papa se ha ido a la casa del Cielo. Hay un silencio total que se rompe por un tímido aplauso: es la única manera de manifestar adhesión, cariño y emoción en ese momento tan difícil. Se canta la Salve y, como una ola que se corre de un extremo a otro de la Pza, la gente comienza a ponerse de rodillas. Indescriptible. Acaba la Salve y silencio. Continúan las oraciones: Regina Coeli, un responso… y silencio. Mucha gente llora. Al cabo de quince minutos, comienza otra parte del rosario. Nos vamos a casa. Al llegar, vemos por la tele que cada vez son más los que acuden a San Pedro. La masa ocupa ya prácticamente toda la via della Conciliazione a las 24. Permanecerán allí varias horas rezando. Sale la noticia de que el Papa estaba también ese día siguiendo el rosario; murió mirando a la ventana y diciendo Amen.
El domingo a las 10,30 vuelvo a San Pedro a la Misa. La Pza. llena. Cada vez que por las pantallas aparece una foto del Papa, aplausos. Muchas familias. Ese día nos enteramos que el Santo Padre mantuvo la consciencia hasta el último momento y, aunque no hablaba, respondía con apretones de mano a lo que se le decía. Los que le vieron aseguran que en la cara se le notaban los rasgos del sufrimiento. El domingo, después de la Misa, varias personas pasaron a velar el cuerpo en la sala Clementina. Estuvieron un rato rezando al lado de las monjas que atendían al Papa que estaban hechas un mar de lágrimas.
Hoy lunes, por la mañana, me he ido al Vaticano a intentar rezar delante del cuerpo del Papa, en la Sala Clementina. En teoría, sólo podían entrar los sacerdotes de la diócesis de Roma y los funcionarios del Vaticano; pero está visto que un carné de estudiante en una Universidad Pontificia y un poco de jeta abren muchas puertas. Se entraba por la puerta de Sta. Ana (via Ottaviano) y desde allí se subía al Cortille di San Dámaso. Dentro había miles de personas. Gente rezando el rosario, un grupo de sacerdotes de la Academia Pontificia cantando el Regina Coeli… Una señora con un niño de quince días en brazos. Ella era la abuela. Trataba de convencer a un tipo de seguridad de que no podía hacer toda la cola con un bebé en cuello. Su argumento era contundente: al hermano de la criatura lo había bautizado el Papa hacía dos años y medio. A éste no había sido posible, pero por lo menos quería llevarlo lo más cerca que pudiera. Ante una mujer así poco se puede hacer. En uno de los controles le perdí la pista, pero no me cabe la menor duda de que alcanzó su propósito. En el tiempo de espera, salieron muchos cardenales que venían de la reunión en la que decidieron que los funerales del Papa serían el viernes. Por suerte, después de dos horas y cuarto de cola, y alguna que otra colada conseguimos (iba con otros dos) entrar en la Sala Clementina. La fila avanza por el centro y sale por la izquierda. Al fondo está el cuerpo del Santo Padre, revestido con casulla roja, tiara y la cruz de peregrino que siempre llevaba en los viajes, sobre una especie de plataforma recubierta a una altura de un metro. Entre las manos tiene un rosario de cuentas gruesas. La cara bastante chupada, pero con gesto relajado. A cada lado, a unos tres metros del cuerpo, hay tres filas de reclinatorios en los que rezan algunos cardenales y otras personas. Un sacerdote dirige por el micrófono el rezo del rosario. Hago genuflexión (muchos la hacen) y me pongo de rodillas en uno de esos reclinatorios vacíos. ¡Qué emoción! Enfrente de mí tengo un cardenal al que le resbalan las lágrimas por las mejillas. Duré allí casi dos misterios del rosario, hasta que uno de seguridad me invitó educadamente a que me fuera.
Esta tarde ha sido el traslado del cuerpo del Papa, no sé si has visto las imágenes por la tele. Yo lo he seguido en casa. Muchas personas irán esta noche a intentar rezar ante el Papa en la Basílica de San Pedro. No será fácil: creo que la cola llega hasta el puente de Sant’Angelo (más o menos como en la canonización). Está abierto toda la noche, excepto de 2 a 5 de la madrugada, que limpian. Hay planes de todo tipo: algunos están allí, otros se van a las 24, otros a las 5… A mí hoy me toca dormir, que hay que estar fresco para lo que venga.
Las anécdotas que se oyen contar estos días son de todo tipo, aunque tal vez las más impresionantes sean las que narra la gente que entrevistan por la tele. El italiano medio tiene un don especial para relatar las cosas de manera bonita; es capaz de decir auténticos troncos con una espontaneidad tan grande que te entran súper bien por los oídos. Repetirlo con sus palabras es imposible, pero cuento algunas.
A las dos de la madrugada del domingo, entrevistaron a un matrimonio que venía desde el sur de Italia. Traían un hijo en carrito, envuelto en una especie de manta para protegerlo del frío. En cuanto se enteraron de que el Papa había muerto, decidieron coger el coche y venir a Roma a acompañarle toda la noche como muestra de cariño y agradecimiento por todo lo que había hecho. Lo mismo unos auténticos jambos -pelos largos, pearsings y demás- que acababan de llegar desde Bari.
Las discotecas cerraron antes la noche del sábado, en señal de duelo. Por los altavoces dijeron a la gente por qué se cerraba, y animaban a los jóvenes a que fueran a San Pedro. Una chica contaba que, como todavía era pronto para su horario acostumbrado y no tenía nada mejor que hacer, se fue a la Pza. Allí se unió a un grupo de jóvenes que a ratos cantaban, a ratos rezaban el rosario. Decía que para ella había sido una sorpresa, que nunca se había sentido tan feliz y que se había planteado vivir cristianamente.
Otra chica contaba que los mensajes del Papa que había oído y leído en los medios de comunicación durante esos días le habían tocado profundamente. Lloraba, como ella misma decía, por lo tonta que había sido durante años. Sabía que Juan Pablo II hablaba a los jóvenes, pero no prestaba atención a su voz. Ahora se lamentaba por no haberlo hecho.
El domingo por la tarde, dos sacerdotes volvían de rezar en San Pedro. En la Pza. se les acercó alguien. “Es que estamos un grupo de amigos que queremos rezar el rosario, pero no sabemos cómo se hace. ¿Nos lo podría dirigir usted?”.
Si quieres ver algunas fotos de Juan Pablo II, mientras oyes música, picha aquí.
